
Amar
Habitar la vida sin separar lo que se ve de lo que se siente.
Con el tiempo me he habitado… y aún lo hago, es un proceso continuo. Si tuviera que definirme, sería una mezcla entre los mares y el jardín: donde las flores nacen pero también mueren, donde hay días de siembra y cosecha, pero también de sequía. Donde dejar ir no se vive por fuera, sino que comienza por las raíces. Donde el color abunda, pero también alberga plagas que se reconocen y, al hacerlo, se acompaña su erradicación.
Comprendo que incluso el caos tiene un orden. El límite es delgado, pero las espinas abundan como las olas: a veces grandes, otras pequeñas, recordatorios de historia, carácter y protección. Hay espacios que aún necesitan descanso para ser plantados.
Así me describiría: un lugar donde tocar y sentir no están separados de la esencia, donde la belleza se puede mirar en la imperfección y donde el misterio abunda como el mar.
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Y en cuanto a este espacio, fue tomando forma como un lugar de encuentro donde lo cotidiano y lo intangible conviven, donde los procesos no se forzan y lo místico no promete respuestas.
No creo en jerarquías rígidas entre quien enseña y quien aprende, ni en biografías llenas de títulos que a veces se muestran como trofeos. Aunque sé que para algunos son importantes, no siempre validan lo que se vive dentro de AMAR. La verdadera validación llega de quienes, al habitarlo, lo descubren. Abrirnos a mirar más allá de los títulos permite reconocer al humano que lo ofrece, y no solo la imagen de éxito o reconocimiento que se asocia a una identidad de valor.
Creo en el intercambio, en la experiencia compartida y en el espacio que cada uno ya es. Creo en el arte como puente: un hilo transparente que teje trazos en el cuerpo, un lugar para escuchar, en el ruido y en el silencio, el propio ritmo, el timón de cada uno.
He vivido muchas formas y recorrido muchos caminos. Hoy, muchas piezas me componen: el arte visual y escénico, la danza, la palabra y el compartir desde lo vivido, no desde lo explicado; desde la atención, el cuerpo y la mirada en los ciclos naturales de la vida y en la magia de los pequeños momentos cotidianos, incluso en aquello que pide resiliencia.
En el camino, creo espacios de encuentro donde la impermanencia no se teme y la naturaleza, en sus múltiples lenguajes, se vuelve maestra.
AMAR no es un método.
Es respirar, sentir, mirar, ser. Es habitar sin fragmentarse.

Por otro lado, y no por ello menos importante, están las acciones invisibles que sostienen este espacio.
Son gestos silenciosos, cotidianos, que permiten que AMAR respire, como un diario que se abre a nuevos capítulos cada día. Sin red no sería posible, y ahí está Alexia: a tu lado mientras su camino se cruza con este, acompañando cuando hay dudas, dejando que cada una camine siempre su propio sendero.
